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APASIONANTE MANUEL CIGES APARICIO, 1910 (Los vencidos. Huelva, Ciudad Real)

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Otra vez ha dado frutos la labor de rebusco en nuestra literatura más olvidada. Hace poco fue el valenciano Blasco Ibáñez con su obra La Bodega, en la que relata las condiciones semiserviles en las que vivían los jornaleros agrícolas de Jerez en las últimas décadas del siglo XIX. Esta vez ha sido Manuel Ciges Aparicio, también valenciano pero criado en Badajoz, el que nos ha sorprendido con una crónica periodística novelada sobre la semiservidumbre que sufrían los mineros de Riotinto y Almadén.

En su libro Los vencidos, publicado en 1910, Ciges Aparicio —republicano, como Blasco, pero en proceso de decantación hacia el socialismo— reúne una serie de artículos de la serie Las luchas de nuestros días, de la que también formaba parte su obra anterior, Los vencedores, en la que Ciges narra la explotación y opresión de los mineros asturianos tras el fracaso de la “huelgona” de Mieres de 1906.

Algunos de los artículos que componen Los vencidos vieron la luz en diversos medios periodísticos de la época, mientras que otros sufrieron una censura probablemente derivada del soborno de los responsables del periódico que los iba a publicar. Al final saldrían publicados todos juntos en un libro que tendría una difusión muy limitada.

Con un estilo claro y ameno, Ciges Aparicio nos presenta, en los dos primeros tercios del libro, las condiciones de vida de los mineros de Riotinto, sometidos a la dominación cuasicolonial de una empresa británica que convertía a los habitantes de la población cuprífera onubense en desgraciados siervos de una empresa imperialista extranjera, en una situación similar a la que actualmente se observa en cualquier país del tercer mundo. La semicolonialidad se observa también en el caso de Almadén, pues si bien la explotación del mercurio era desarrollada en esta ocasión por una empresa estatal, la comercialización del producto estaba en manos de la casa Rothschild, que era la que controlaba el mercado mundial del mercurio.

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En la parte dedicada a la “California del cobre” Ciges reproduce lo que —supuestamente— escribió un preso en la cárcel de Huelva:

«Yo, que he vivido en Riotinto y he trabajado en él, sé lo que dentro de él pasa. Allí no hay más ley ni más autoridad que la de los ingleses, y todos los que representan algo están comprados, y no hay nadie que se atreva a cumplir sus deberes, sino lo que les manda el jefe principal de la mina, amo y señor de más de 30.000 habitantes».

“Quizás alguno hubiese osado acudir a ellos [a los tribunales]; pero la amenaza que tan bien sometido tiene al minero, pesa sobre los demás. El que protesta contra la Compañía tiene que salir con su familia, hasta sus más lejanos parientes, de la vasta región donde los ingleses ejercen despótico imperio. Así no hay clase independiente en Riotinto: los pocos individuos que vivían con las pingües rentas de sus casas y que por no ejercer cargo de la Compañía pudieran parecer autónomos, no lo eran en realidad más que los otros, pues si ellos no, algún allegado era trabajador, capataz, contratista o empleado, y la venganza quq en ellos se realiza, se alcanzaría también a sus deudos… “

“Estos ingleses son así. Nos tratan como a seres inferiores y nuestras vidas poco les importan. Están acostumbrados a matar hombres en las horribles contraminas, y no van a sentir escrúpulos por algunos muertos más o menos.

–          ¿Y no hay defensa?

–          Ninguna absolutamente. Aquí todos tenemos que tascar el freno o abandonar nuestra manera de vivir y marcharnos lejos; peor esto no es fácil cuando se tiene familia. Mejor que nosotros podrían resistir los comerciantes, y éstos también tienen que callar. Al que protestase le declararían el boycottage, como ya ha ocurrido; los ingenieros se entenderían con los capataces, éstos amenazarían con la expulsión al minero que comprase en el comercio proscripto, y su ruina sería súbita.

–          Aunque por otros caminos, a eso mismo se va ­­—murmura un viajante—. Los almacenes de la Compañía hacen a los demás establecimientos una guerra implacable. Aquéllos compran al contado, no tienen que pagar subidos alquileres; y exigen que todos los empleados se surtan de ellos. Dentro de poco, sólo la Compañía podrá vender.”

Explica Ciges como la Compañía no quería que llegaran a Ríotinto

“grandes masas de elementos extraños, que pudieran dejar levaduras de rebeldía en aquellos millares de trabajadores reducidos a servidumbre por el terror, por la ignorancia, por los mortíferos humos que todo lo agotan, por el alcohol y por el durísimo trabajo. Gran miedo tiene la Compañía que de ella se hable —de ella y de sus inmoralidades—; pero cree que todos sus abusos los dejará impunes el torrente de oro que por ocultos cauces derrama y las ricas acciones liberadas que están en poder de altísimas personas. Gran miedo siente que de ella se hable, pero teme más que se hable a los mineros que duermen… ¡Cuándo el dormido despierte!… ¿No ha habido ocasión, cuando los veinte pisos de San Dionisio se hundieron, en que estos hombres de dedos como garfios y manos como dogales sintieran despertárseles la ira y amenazar con hundir en el infierno de la mina a sus despóticos señores?…

Minas de Riotinto

La Compañía no quiere llevar obreros que levanten un pueblo nuevo, previniendo así la futura catástrofe [del nuevo hundimiento del pueblo], porque la estancia temporal en Riotinto de unos hombres sobre los que no podría ejercer un tiránico imperio, sólo perjuicios había de causarle en su comunicación con la masa servil. Todo forastero huelga allí. Hasta al simple turista sólo se le enseña lo pintoresco y curioso; lo horrible jamás lo ve, y si lo horrible puede saltar a la vista, se cumbre con cemento. Los representantes de la Compañía —auxiliados por 400 guardas y «guardiñas»— y los mineros son los únicos que dentro un año quedarán allí. El que no mande o no obedezca, sólo puede ser un testigo importuno, que estorba y que conviene alejar. Si es industrial, se le hace una guerra ruinosa; si quiere construir casas, no se le permite; si protesta, se le encarcela y se le expulsa; si acude de afuera para predicar la fraternidad y mutua ayuda entre los hombres cobrizos, se le detiene en el camino, se le mete en un tren, y pidiendo vía libre se le devuelve por donde ha venido”.

Ciges se detiene a describir la explotación brutal y los continuos accidentes de trabajo que tenían lugar en aquellas condiciones de sobreexplotación brutal.

Fundicion Riotinto

También resume brevemente los sucesos del 4 de febrero de 1888, “el año de los tiros”, cuando se reprimió violentamente una manifestación de protesta de los mineros contra los humos de las teleras, y produciéndose decenas de muertos:

“La Compañía tuvo buen cuidado de que el terror ya no se extinguiese nunca. Los humos siguieron asfixiando, y nadie osó protestar en manifestación ni en la Prensa. Ochenta guardiñas bien armados de carabina y sable, más de doscientos guardas jurados armados de carabina y palo —unos cuatrocientos hombres en junto— , con su jefe, que es plaza montada, dan seguridad a la Empresa. ¡Y qué odio no inspiran estos sujetos! Ellos forman la alcahuetería organizada y armada. Cada uno de ellos es un tiranuelo con todo el orgullo que la ignorancia presta a los que ejercen mando, rara vez contrariado. La autoridad se les ha subido a la cabeza, y de ella usan y abusan con escasísima prudencia. Sus delaciones han costado bastantes expulsiones”.

“Con estos implacables tratos, todo es tranquilidad por fuera… Por dentro, la cólera arde en los pechos… Todos los días ha robo de dinamita en los trabajos de las minas. Parte de ella se vende; parte se guarda…”

La parte dedicada a la política caciquil que se levantaba sobre la dominación económica semifeudal presenta el mismo interés:

 “No hay función política con su alternante juego de partidos que resulte tan ridícula como ésta de aquí. Que suban los liberales o que manden los conservadores, alcalde de Riotinto es el empleado que designa la Compañía para recibir instrucciones del director. Hoy es su contador. Los concejales, empleados son. El juez —un juez donde todos los días hay muertes o graves accidentes del trabajo— obra e instrumento suyo es. El minero que no vote al diputado que la Compañía propone al Gobierno para su encasillamiento, pierde el trabajo y ha de huir. ..

(…) “Los gobernadores de Huelva que no tengan empleado a algún hijo o pariente, será porque no habrán querido. La Compañía jamás les ha negado estas mercedes, y sus grandes oficinas están llenas de gente inútil, pero inamovible”.

“Los alcaldes de Real orden son secretarios del director, y sólo pueden hacer lo que él les ordene. Fácil es suponer lo que les ordenará tratándose de una gran región minera donde cotidianamente se vulneran las leyes y tantas cosas reprobables hay que solapar. El director ordena lo que ha de hacer el Ayuntamiento e inspira hasta los bandos públicos”.

En cuanto a la situación de la organización obrera, relata el autor como después de unas luchas violentas que tuvieron lugar…

“la astucia patronal ha logrado lo que la fuerza no pudo. Primero uno, después otro, y luego todos los demás, han ido saliendo de la zona minera los obreros de algún prestigio entre sus compañeros. Las Asociaciones, privadas de sus más activos mantenedores, han ido disolviéndose, y los espías aumentando. Algunos mineros calculan en 4.000 o 5.000 los hombres encargados de informar al director de lo que se habla o proyecta en las minas. De tiempo en tiempo aparece un trabajador audaz que aconseja la reorganización de las huestes proletarias; pero la expulsión, si es verdaderamente enérgico, o el dinero de la Compañía, si es blando, lo reduce a la impotencia”. (…) Hoy no queda rastro de organización. Celebrar un mitin es imposible, y aunque los oradores fueran de lejos y pudieran entrar en Riotinto, no encontrarían local, ni dándolo al aire libre se atrevería nadie a escucharles… Cooperativas, Sociedades de socorros mutuos es fácil fundarlas, y hasta les ofrece la Compañía locales a bajo alquiler; pero Sociedades de resistencia, imposible. Tabernas, cuantas quieran; organización, ninguna”.

En la parte de Los vencidos que se centra en Almadén, Ciges Aparicio refiere igualmente las brutales condiciones de trabajo en la mina y la fundición del mercurio, que provocan la enfermedad terrible de los obreros que en ella trabajan. Tan duras e injustas son las condiciones que Ciges llega a aconsejar a los obreros que “peguen fuego a la mina, y váyanse por el mundo degollando a los que no les concedan la razón”:

“Y el pueblo doliente tiene que emigrar! … Pero ¿adonde?… Emigrar sería la salud y no su desgracia, si tuviese aptitud para la lucha; pero si los de afuera no sirven para los trabajos que impone Almadén del Azogue, el obrero de Almadén, que es un amasijo de azogue y de hereditaria miseria orgánica, no sirve para los trabajos de afuera. La agricultura apenas existe, la industria falta, y excepto excavar a trescientos metros de profundidad, empujar vagonetas y consumirse junto a los hornos de fundir, aquellos hombres no saben nada. Su cerebro reseco es tardo para pensar, el triste trabajo insalubre los ha transformado en autómatas, y si la desesperación enciende algún fuego en sus mentes, es tan tenue y vacilante, que el primer soplo de terror lo apaga. Y son muchos los que soplan”.

Relata Ciges en Almadén que se destinaba “dinero de la mina a construir paseos y obras que Ayuntamiento tenía que haber realizado…” en una especie de precedente de los actuales fondos Miner.

También en Almadén — antes que en Riotinto y en Jerez— hubo un levantamiento de los mineros, en 1874, que fue sofocado con una gran represión (hubo ahorcamientos):

“Por eso es tan grande el temor; por eso la gente no deja estos días de repetirnos: «¡Acordaos del 74!…» «¡Pensad en los que ahorcaron!…» Silencio; esto es lo que nos piden… Que ellos sigan comiendo, y que nosotros sigamos muriendo…

Un capítulo se titula “la saludable violencia” en el que Ciges aconseja a los mineros la huelga, y si no se obtuviera nada

“entonces, que imiten a los presidiarios: ¡qué peguen fuego a la mina!…

En definitiva, Los vencidos es una obra sumamente interesante que nos agrada poder poner a disposición de los que estén interesados en su lectura (en la sección de Lecturas)

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