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LA REPUBLICA: DEMOCRACIA AL REVES

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España atraviesa una grave crisis, una crisis que amenaza con llevarse por delante al actual jefe del estado (al Rey Juan Carlos) y está por ver si acabará con el propio sistema monárquico. En este contexto, muchos vuelven de nuevo la mirada hacia la segunda República, que consideran como un paréntesis democrático en la historia contemporánea de España.

Cuando se investiga la historia de ese período no es eso, precisamente, lo que se observa. Es evidente que en la esfera política se produjeron innegables transformaciones. De hecho, se instauró un régimen político nuevo, distinto al anterior, iniciándose una política reformista nunca antes practicada. No es correcto, por tanto, concebir a la República como “el último disfraz de la Restauración.

Sin embargo, es indudable que hubo importantes elementos de continuidad entre uno y otro régimen, elementos que obligan a reconsiderar la visión hegemónica sobre el alcance del sistema republicano en cuanto a la democratización política de España.

Lo cierto es que el caciquismo pervivió con fuerza en los años de la República, pero no lo hizo como un simple residuo que, por falta de tiempo, no fuera posible eliminar totalmente, como algunos suponen. Por el contrario, el caciquismo fue un elemento esencial del funcionamiento político del sistema republicano, sobre todo en las áreas rurales aunque también, en alguna medida, en las urbanas.

Si la base económica del país seguía siendo, en buena medida, de carácter semifeudal, era imposible que la República –como sistema político– se convirtiera en un verdadero régimen liberal; debió mantener, de una u otra forma, la vieja esencia caciquil del régimen canovista.

De hecho, se puede plantear que el sistema político de la segunda República continuó siendo un sistema parlamentario al revés, como había sido el sistema de la Restauración.

Durante el reinado de Alfonso XIII era el Rey el que entregaba el Gobierno del país a uno u otro dirigente de los partidos y facciones que se turnaban en el ejercicio del Poder. Luego estos dirigentes se encargaban –por todos los medios que el Estado y el sistema caciquil ponían a su alcance­- de ganar las elecciones, para contar con una Cámara adicta.

Mucha gente imagina que durante la República las cosas no fueron igual, siendo el voto popular, libremente expresado en las urnas, el que decidía un día que gobernaran “las izquierdas”, luego “las derechas” y una vez más “las izquierdas”. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que los gobiernos republicanos nunca fueron –salvo en febrero de 1936- el fruto de las elecciones. Todo lo contrario. Tras unas elecciones municipales que no tenían otro objeto que elegir a los concejales de pueblos y ciudades, se decidió el exilio del Rey (al evidenciarse la profundidad de la crisis política). Entonces toma el poder, en 1931, un gobierno provisional de republicanos y socialistas; y luego ganó las elecciones la conjunción republicano-socialista.

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En 1933 entró en crisis el gobierno de izquierdas, ante el ascenso de las luchas populares y escándalos como el de la represión de Casas Viejas. Alcalá-Zamora fuerza la dimisión de Azaña y da paso a los gobiernos -sin participación socialista- de Lerroux y Martínez Barrio, que convocaron las elecciones a Cortes de noviembre de 1933. En estas elecciones son derrotadas las izquierdas (el PSOE pierde ¡exactamente la mitad de sus escaños, nada menos que 58!), evidenciándose que el cambio de rumbo había sido decidido antes de las elecciones y que éstas sólo vinieron a legitimar el giro derechista con el que se pretendía derrotar –ya que no había sido posible encauzarlo– al movimiento popular.La República seguía siendo un sistema parlamentario a la inversa, en el que el Presidente hacía las funciones que en la Restauración había desempeñado el Rey (Miguel Maura se refería a Niceto Alcalá Zamora como “Alfonso XIII y pico”).

Por eso preocupaba tanto a la prensa republicana a qué gobierno daba el Presidente Alcalcá-Zamora el decreto de disolución de las Cortes, qué gobierno era el que iba a “presidir” las elecciones, porque según quién y cómo se presidieran habrían de ser los resultados.

Las elecciones a Cortes de 1933 las ganaron la CEDA (115 escaños) y el Partido Republicano Radical (102 escaños), porque eran los resultados que más interesaban para sustentar el giro derechista que se había decidido dar a la República. Ciertamente, presidió las elecciones un radical, pero Gil Robles ya había expresado, antes de que se celebraran, su “convicción de que nuestra fuerza no será despreciada cuando se trate de presidir los comicios”. Y, efectivamente, no fue despreciada.

La misma forma de presidir las elecciones se utilizaría en febrero de 1936, ante la protesta de un sector de la prensa. Cuando Alcalá-Zamora otorga a Portela Valladares el decreto de disolución de las Cortes se envía a las provincias a los nuevos gobernadores civiles, que serían los encargados de “presidir las próximas elecciones generales que se celebren, dentro de la mayor imparcialidad, aunque apoyando naturalmente la política de centro que representa el Gobierno actual”.

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El fracaso de los planes gubernamentales en estas elecciones -puesto que las ganó el Frente Popular y las perdió el Gobierno- demostraba la crisis del caciquismo y anunciaba ya la inevitabilidad del golpe de Estado militar. Cuando en marzo del 36 miles de jornaleros extremeños se lanzaron a ocupar las tierras de los terratenientes semifeudales y a llevar a cabo, por tanto, la reforma agraria que los gobiernos republicanos no habían sabido, querido o podido realizar [la verdadera reforma agraria solo pudo desarrollarse en plena guerra, defendida por los fusiles del ejército republicano], los miembros de la oligarquía dominante que aún no se habían convencido lo acabaron de tener claro; el golpe militar no podía retrasarse mucho más, porque la República había fracasado en su labor de contención, de encauzamiento de la lucha popular. Por eso tuvieron que llenar la plaza de toros de Badajoz con miles de obreros asesinados en agosto de 1936.

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