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Interpretaciones historiográficas sobre la revolución burguesa en España

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En la historiografía española se han sucedido o combinado (sin contar la nuestra) tres interpretaciones diferentes sobre la historia contemporánea de España:

  1. En la primera (predominante hasta los años sesenta), la revolución burguesa fracasa o no culmina totalmente sus tareas históricas (VILAR, TUÑÓN DE LARA).
  2. En la segunda (articulada a partir de los años setenta y pronto convertida en dominante), la revolución burguesa triunfa por la vía prusiana, desde arriba, dirigida por los antiguos señores y terratenientes feudales (FONTANA, SEBASTIÀ, CLAVERO);
  3. Y en la tercera (definida en los años ochenta a partir de la segunda), la burguesía toma el poder por la vía revolucionaria francesa, aunque sin tanta radicalidad como en aquélla, perjudicando en amplia medida a la antigua terratenencia, que sería la clase social parcialmente derrotada en la revolución (RUIZ TORRES).

 Entre los años setenta y ochenta, la segunda y tercera interpretación –una como variante de la otra– se convierten en hegemónicas. El momento en que la España feudal se convierte en la España capitalista queda fijado, así, en los años treinta y cuarenta del siglo XIX. Los elementos feudales o precapitalistas que, no obstante, siguen existiendo, se explicarán, o bien como simples pervivencias, más o menos anacrónicas, que “consiguieron traspasar el tamiz revolucionario y vieron prolongar su existencia más allá de la época que les era propia” (SEBASTIÀ y PIQUERAS) o, por el contrario, como elementos procedentes de la antigua sociedad que se insertan, de una u otra forma, en el nuevo modo de producción capitalista, contribuyendo activamente a su desarrollo (CLAVERO).

Fusilamiento de torrijos

[Fusilamiento de Torrijos]

La victoria de las nuevas concepciones sobre el triunfo –por una u otra vía– de la revolución burguesa en España parecía segura. Para consolidarse, no obstante, necesitaba la concurrencia de una amplia serie de investigaciones que vinieran a proporcionar la prueba empírica de que la transformación capitalista del campo español durante el siglo XIX se podía constatar, era un hecho cierto.

Los pioneros en este campo fueron los economistas Juan Martínez Alier y José Manuel Naredo, a los que siguieron multitud de investigadores, tanto a nivel individual como integrados en los nuevos centros de investigaciones agrarias impulsados y financiados por las diversas instituciones académicas y financieras, como , por ejemplo,  la Fundación Juan March (Grupo de Estudios de Historia Rural, el Centre de Recerca d’História Rural, el Seminario de Historia Agraria, Grupo de Historia Agraria de Murcia, el Centre d’Estudis d’Història Rural, etc.). Varias revistas (Historia Agraria, Estudis d’Història Agrària, Agricultura y Sociedad, Noticiario de Historia Agraria, etc.) y toda una serie de congresos específicos (Congresos de Historia Agraria, de Geografía Rural, etc.) surgieron para difundir a lo largo y ancho de España los resultados de este rosario de investigaciones que, nadando a favor de la corriente, proliferaban por doquier.

Aunque normalmente se presentaban como investigaciones “puras”, desprovistas de objetivos externos a los propios del ámbito científico, la finalidad política de los primeros trabajos de Martínez Alier y de Naredo estaba perfectamente clara. Su función principal no era otra que la de combatir, desde posiciones “de izquierda”, a aquellas organizaciones –como el PCE– que seguían planteando la necesidad de una revolución democrática que acabase con las pervivencias feudales en el campo como etapa previa para la construcción del socialismo.

En la mayoría de estos agraristas destacaba, entre otros aspectos, una supeditación absoluta al dogma de la España capitalista. Cuando la investigación mostraba la existencia de un amplio número de jornaleros en el marco geográfico y cronológico elegido, esa era la prueba irrefutable de un proceso de proletarización campesina, claramente contextualizado en la revolución que habría tenido lugar en las relaciones de producción agrarias; cuando, por el contrario, era innegable la ausencia de tal proletarización y el predominio de relaciones como la aparcería, masovería, etc., se hablará –curiosa idea– de un capitalisme agraire sans proletarisation. Cuando la investigación detectaba la existencia de un proceso de redención de censos enfitéuticos, esa era la prueba del proceso de liquidación del sistema de propiedad feudal. Pero si, por el contrario, era evidente que los censos o foros prolongaban demasiado su existencia, se explicaba porque la agricultura de esa región se había insertado en el capitalismo por una vía lateral de la revolución burguesa (VILLARES PAZ). Cualquier cosa antes que admitir un capitalisme impossible (SAGUER HOM).

Lo que hasta entonces habían sido interpretadas –en la tradición del materialismo histórico– como atrasadas pervivencias feudales o precapitalistas (la aparcería, la explotación extensiva, el cultivo al tercio, la explotación ganadera tradicional de las dehesas andaluzas y extremeñas, etc.) era presentado ahora, en los trabajos de Martínez Alier, Naredo y sus seguidores, como óptimas estrategias capitalistas derivadas de la moderna mentalidad “rentabilista”, empresarial, de los grandes propietarios (NAREDO). El predominio de la aparcería en regiones como Cataluña, será explicado –casi podríamos decir, justificado–, no como una de las clásicas formas precapitalistas de extracción de la renta de la tierra por parte de los terratenientes semifeudales (pago en trabajo), sino como la forma óptima de explotación agraria capitalista, teniendo en cuenta el contexto agroecológico y las tecnologías disponibles (GARRABOU, PLANAS y SAGUER). O como explica Pérez Picazo, “no tiene mucho sentido calificar determinadas formas de explotación como la aparcería o la misma enfiteusis de «supervivencias preindustriales»; se trata, por el contrario, de bien pensadas opciones”, formas de respuesta perfectamente racionales a unos mercados incompletos e imperfectos.

Cualquier cosa que, en este terreno, la investigación revelase, era interpretado como una prueba más de la revolución capitalista en el agro hispano. De este modo, se intentaba demostrar empíricamente lo que venían planteando historiadores como Fontana sobre el triunfo de la revolución burguesa en España. Y, efectivamente, la victoria de esta tesis se consolidó en el ámbito académico, resultando prácticamente barrida la concepción que había venido defendiendo el fracaso de la revolución burguesa y la pervivencia de la semifeudalidad.

El PCE y la mayoría de las organizaciones que se situaban a su izquierda acabaron adoptando, también, el nuevo enfoque sobre la historia contemporánea de España, abandonando, no sólo la idea de la fase democrática –antifeudal– de la revolución, sino la idea misma de la revolución proletaria. Además, el éxito de esta operación supondría el aislamiento político e intelectual del movimiento jornalero en Andalucía. Entre 1975 y 1985 tendrían lugar las últimas movilizaciones importantes de la lucha por la tierra en el Sur de España. No obstante, en determinadas coyunturas como la de 2002-2003 y en este mismo año 2013 (tomas simbólicas de tierras dirigidas por el SOC de Sánchez Gordillo y Cañamero) las luchas jornaleras han vuelto a salir temporalmente a la palestra, poniéndose de manifiesto que el problema persiste.

En la segunda mitad de los ochenta la situación nacional e internacional cambia y este cambio tendrá repercusiones significativas en el panorama historiográfico mundial. En España, la Transición culmina con el triunfo de la vía reformista –casi podríamos decir, prusiana– y la mayor parte de la antigua oposición de izquierda va abandonando el discurso político revolucionario, lo que, paralelamente, conlleva también el abandono progresivo de la preocupación por la revolución burguesa. El tema se dará por definitivamente zanjado: la revolución burguesa en España culminó, por una u otra vía –ya no importa demasiado– entre 1834 y 1843. Y punto.

Por otra parte, una fuerte ofensiva conservadora a nivel internacional desde la segunda mitad de los años ochenta  permite al imperialismo y a las clases dominantes de los distintos estados irse desembarazando progresivamente de las categorías marxistas de interpretación histórica. Hasta ese momento, la historia del desarrollo capitalista en el mundo pasaba inevitablemente por la discusión sobre la revolución burguesa. Al margen de las diversas tergiversaciones llevadas a cabo por los intelectuales burgueses con respecto a este fundamental concepto del marxismo, en el trasfondo subyacía el profundo arraigo de este pensamiento historiográfico. De este modo, se entendía comúnmente que el acontecimiento fundamental en el paso del feudalismo al capitalismo era el de la revolución burguesa, cuyas tareas podían verse cumplidas por un camino revolucionario o por un camino reformista.

La nueva ofensiva conservadora –en la cual va a desempeñar un papel fundamental la ofensiva ideológica– se esforzará por rebatir la interpretación marxista del proceso histórico desde sus mismas bases. La transición del feudalismo al capitalismo será vista ahora, por el “nuevo” pensamiento postmoderno que difunde el imperialismo, como resultado de un proceso lento y complejo en el que las revoluciones no serán más que episodios excepcionales y, en ocasiones, incluso contraproducentes. De nuevo, las clases dominantes internacionales –reaccionarias por naturaleza– vuelven a enfrentarse al odiado pensamiento marxista. El encargo a sus intelectuales es claro: ¡recorred el mundo y llevad la buena nueva: el motor de la historia no es –y nunca ha sido– la lucha de clases!

Según la “nueva” concepción, revoluciones burguesas no han existido nunca y mucho menos aún revoluciones proletarias. Se apunta contra la propia Revolución Francesa –negando su carácter de revolución burguesa– pero a quien se quiere derribar es a las revoluciones comunistas, negándoles su carácter de revoluciones proletarias y convirtiéndolas en simples golpes de estado –magistrales, eso sí– de un pequeño grupo bolchevique. Revolución burguesa y revolución proletaria aparecen así, nuevamente, unidas intelectualmente por un hilo más o menos oculto, lo mismo que había sucedido años antes.

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