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Interpretaciones historiográficas sobre la revolución burguesa en España


En la historiografía española se han sucedido o combinado (sin contar la nuestra) tres interpretaciones diferentes sobre la historia contemporánea de España:

  1. En la primera (predominante hasta los años sesenta), la revolución burguesa fracasa o no culmina totalmente sus tareas históricas (VILAR, TUÑÓN DE LARA).
  2. En la segunda (articulada a partir de los años setenta y pronto convertida en dominante), la revolución burguesa triunfa por la vía prusiana, desde arriba, dirigida por los antiguos señores y terratenientes feudales (FONTANA, SEBASTIÀ, CLAVERO);
  3. Y en la tercera (definida en los años ochenta a partir de la segunda), la burguesía toma el poder por la vía revolucionaria francesa, aunque sin tanta radicalidad como en aquélla, perjudicando en amplia medida a la antigua terratenencia, que sería la clase social parcialmente derrotada en la revolución (RUIZ TORRES).

 Entre los años setenta y ochenta, la segunda y tercera interpretación –una como variante de la otra– se convierten en hegemónicas. El momento en que la España feudal se convierte en la España capitalista queda fijado, así, en los años treinta y cuarenta del siglo XIX. Los elementos feudales o precapitalistas que, no obstante, siguen existiendo, se explicarán, o bien como simples pervivencias, más o menos anacrónicas, que “consiguieron traspasar el tamiz revolucionario y vieron prolongar su existencia más allá de la época que les era propia” (SEBASTIÀ y PIQUERAS) o, por el contrario, como elementos procedentes de la antigua sociedad que se insertan, de una u otra forma, en el nuevo modo de producción capitalista, contribuyendo activamente a su desarrollo (CLAVERO).

Fusilamiento de torrijos

[Fusilamiento de Torrijos]

La victoria de las nuevas concepciones sobre el triunfo –por una u otra vía– de la revolución burguesa en España parecía segura. Para consolidarse, no obstante, necesitaba la concurrencia de una amplia serie de investigaciones que vinieran a proporcionar la prueba empírica de que la transformación capitalista del campo español durante el siglo XIX se podía constatar, era un hecho cierto.

Los pioneros en este campo fueron los economistas Juan Martínez Alier y José Manuel Naredo, a los que siguieron multitud de investigadores, tanto a nivel individual como integrados en los nuevos centros de investigaciones agrarias impulsados y financiados por las diversas instituciones académicas y financieras, como , por ejemplo,  la Fundación Juan March (Grupo de Estudios de Historia Rural, el Centre de Recerca d’História Rural, el Seminario de Historia Agraria, Grupo de Historia Agraria de Murcia, el Centre d’Estudis d’Història Rural, etc.). Varias revistas (Historia Agraria, Estudis d’Història Agrària, Agricultura y Sociedad, Noticiario de Historia Agraria, etc.) y toda una serie de congresos específicos (Congresos de Historia Agraria, de Geografía Rural, etc.) surgieron para difundir a lo largo y ancho de España los resultados de este rosario de investigaciones que, nadando a favor de la corriente, proliferaban por doquier.

Aunque normalmente se presentaban como investigaciones “puras”, desprovistas de objetivos externos a los propios del ámbito científico, la finalidad política de los primeros trabajos de Martínez Alier y de Naredo estaba perfectamente clara. Su función principal no era otra que la de combatir, desde posiciones “de izquierda”, a aquellas organizaciones –como el PCE– que seguían planteando la necesidad de una revolución democrática que acabase con las pervivencias feudales en el campo como etapa previa para la construcción del socialismo.

En la mayoría de estos agraristas destacaba, entre otros aspectos, una supeditación absoluta al dogma de la España capitalista. Cuando la investigación mostraba la existencia de un amplio número de jornaleros en el marco geográfico y cronológico elegido, esa era la prueba irrefutable de un proceso de proletarización campesina, claramente contextualizado en la revolución que habría tenido lugar en las relaciones de producción agrarias; cuando, por el contrario, era innegable la ausencia de tal proletarización y el predominio de relaciones como la aparcería, masovería, etc., se hablará –curiosa idea– de un capitalisme agraire sans proletarisation. Cuando la investigación detectaba la existencia de un proceso de redención de censos enfitéuticos, esa era la prueba del proceso de liquidación del sistema de propiedad feudal. Pero si, por el contrario, era evidente que los censos o foros prolongaban demasiado su existencia, se explicaba porque la agricultura de esa región se había insertado en el capitalismo por una vía lateral de la revolución burguesa (VILLARES PAZ). Cualquier cosa antes que admitir un capitalisme impossible (SAGUER HOM).

Lo que hasta entonces habían sido interpretadas –en la tradición del materialismo histórico– como atrasadas pervivencias feudales o precapitalistas (la aparcería, la explotación extensiva, el cultivo al tercio, la explotación ganadera tradicional de las dehesas andaluzas y extremeñas, etc.) era presentado ahora, en los trabajos de Martínez Alier, Naredo y sus seguidores, como óptimas estrategias capitalistas derivadas de la moderna mentalidad “rentabilista”, empresarial, de los grandes propietarios (NAREDO). El predominio de la aparcería en regiones como Cataluña, será explicado –casi podríamos decir, justificado–, no como una de las clásicas formas precapitalistas de extracción de la renta de la tierra por parte de los terratenientes semifeudales (pago en trabajo), sino como la forma óptima de explotación agraria capitalista, teniendo en cuenta el contexto agroecológico y las tecnologías disponibles (GARRABOU, PLANAS y SAGUER). O como explica Pérez Picazo, “no tiene mucho sentido calificar determinadas formas de explotación como la aparcería o la misma enfiteusis de «supervivencias preindustriales»; se trata, por el contrario, de bien pensadas opciones”, formas de respuesta perfectamente racionales a unos mercados incompletos e imperfectos.

Cualquier cosa que, en este terreno, la investigación revelase, era interpretado como una prueba más de la revolución capitalista en el agro hispano. De este modo, se intentaba demostrar empíricamente lo que venían planteando historiadores como Fontana sobre el triunfo de la revolución burguesa en España. Y, efectivamente, la victoria de esta tesis se consolidó en el ámbito académico, resultando prácticamente barrida la concepción que había venido defendiendo el fracaso de la revolución burguesa y la pervivencia de la semifeudalidad.

El PCE y la mayoría de las organizaciones que se situaban a su izquierda acabaron adoptando, también, el nuevo enfoque sobre la historia contemporánea de España, abandonando, no sólo la idea de la fase democrática –antifeudal– de la revolución, sino la idea misma de la revolución proletaria. Además, el éxito de esta operación supondría el aislamiento político e intelectual del movimiento jornalero en Andalucía. Entre 1975 y 1985 tendrían lugar las últimas movilizaciones importantes de la lucha por la tierra en el Sur de España. No obstante, en determinadas coyunturas como la de 2002-2003 y en este mismo año 2013 (tomas simbólicas de tierras dirigidas por el SOC de Sánchez Gordillo y Cañamero) las luchas jornaleras han vuelto a salir temporalmente a la palestra, poniéndose de manifiesto que el problema persiste.

En la segunda mitad de los ochenta la situación nacional e internacional cambia y este cambio tendrá repercusiones significativas en el panorama historiográfico mundial. En España, la Transición culmina con el triunfo de la vía reformista –casi podríamos decir, prusiana– y la mayor parte de la antigua oposición de izquierda va abandonando el discurso político revolucionario, lo que, paralelamente, conlleva también el abandono progresivo de la preocupación por la revolución burguesa. El tema se dará por definitivamente zanjado: la revolución burguesa en España culminó, por una u otra vía –ya no importa demasiado– entre 1834 y 1843. Y punto.

Por otra parte, una fuerte ofensiva conservadora a nivel internacional desde la segunda mitad de los años ochenta  permite al imperialismo y a las clases dominantes de los distintos estados irse desembarazando progresivamente de las categorías marxistas de interpretación histórica. Hasta ese momento, la historia del desarrollo capitalista en el mundo pasaba inevitablemente por la discusión sobre la revolución burguesa. Al margen de las diversas tergiversaciones llevadas a cabo por los intelectuales burgueses con respecto a este fundamental concepto del marxismo, en el trasfondo subyacía el profundo arraigo de este pensamiento historiográfico. De este modo, se entendía comúnmente que el acontecimiento fundamental en el paso del feudalismo al capitalismo era el de la revolución burguesa, cuyas tareas podían verse cumplidas por un camino revolucionario o por un camino reformista.

La nueva ofensiva conservadora –en la cual va a desempeñar un papel fundamental la ofensiva ideológica– se esforzará por rebatir la interpretación marxista del proceso histórico desde sus mismas bases. La transición del feudalismo al capitalismo será vista ahora, por el “nuevo” pensamiento postmoderno que difunde el imperialismo, como resultado de un proceso lento y complejo en el que las revoluciones no serán más que episodios excepcionales y, en ocasiones, incluso contraproducentes. De nuevo, las clases dominantes internacionales –reaccionarias por naturaleza– vuelven a enfrentarse al odiado pensamiento marxista. El encargo a sus intelectuales es claro: ¡recorred el mundo y llevad la buena nueva: el motor de la historia no es –y nunca ha sido– la lucha de clases!

Según la “nueva” concepción, revoluciones burguesas no han existido nunca y mucho menos aún revoluciones proletarias. Se apunta contra la propia Revolución Francesa –negando su carácter de revolución burguesa– pero a quien se quiere derribar es a las revoluciones comunistas, negándoles su carácter de revoluciones proletarias y convirtiéndolas en simples golpes de estado –magistrales, eso sí– de un pequeño grupo bolchevique. Revolución burguesa y revolución proletaria aparecen así, nuevamente, unidas intelectualmente por un hilo más o menos oculto, lo mismo que había sucedido años antes.

Cómo identificar a los terratenientes (en las investigaciones sobre la cuestión agraria)


Los investigadores que se encuentran estudiando el tema de la propiedad agraria en un determinado territorio, suelen encontrarse con un problema. No existe acuerdo con respecto a los valores de referencia para la definición de la pequeña, la mediana y la gran propiedad. Por lo tanto, a veces resulta complicado establecer comparaciones entre la estructura de la propiedad de la tierra de unos y otros espacios, puesto que los criterios que se han utilizado para conceptualizar los diferentes niveles ­­­—normalmente tres­— difieren entre unos trabajos y otros.

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En España ha desempeñado un papel importante la definición del geógrafo López Ontiveros, que entiende “por mediana propiedad aquella propiedad agraria susceptible de asegurar el mantenimiento de una familia campesina, y grande y pequeña aquellas cuyas dimensiones sean superiores o inferiores respectivamente a la mediana”.

Partiendo de este criterio básico se han utilizado diferentes métodos para determinar los valores concretos que marcarían, en cada ámbito, los límites entre los tres clásicos niveles: líquido imponible, superficie, combinación de ambos factores, etc.

Algunos investigadores, especialmente geógrafos, aprovechando la llegada del Catastro y, en general, el significativo progreso de la estadística desde los años 50 y pretendiendo perfilar mejor la definición de los diferentes niveles, optaron por hacerlo según los diferentes cultivos y la existencia o no de regadío, partiendo, por lo tanto, de la tierra y no de los hombres, de las fincas y no de sus propietarios. Creemos que es un sistema poco operativo que ignora que lo principal en las ciencias sociales es caracterizar la formación social.

En muchos lugares de España, era frecuente que un gran propietario, un multifundista, tuviese un gran número de parcelas en todos los pisos bioclimáticos, dedicadas a los más diversos aprovechamientos: unas de regadío y otras de secano; unas con productos de regadío de primera calidad y otras con productos de secano de tercera; unas labradas y otras no labradas; unas buenas y otras malas. Todas jugaban un papel en las relaciones de dominación y explotación características de la sociedad semifeudal y no se pueden analizar por separado.

Discrepo, por tanto, del criterio de los investigadores que han considerado la cifra de 5 ha., o incluso menos, el límite inferior de la gran propiedad, basándose en los abultados beneficios económicos que esta superficie de tierra podía proporcionar en algunos lugares. Esta conceptualización de la gran propiedad, centrada en los ingresos, encuentra basamento en definiciones como la de López Ontiveros, según la cual, la gran propiedad es aquella que proporciona más de lo necesario para la subsistencia de la familia campesina.

En nuestra investigación hemos considerado que el grupo de los propietarios de hasta 2 hectáreas corresponde a la categoría de pequeños propietarios o campesinos pobres. En la conceptualización tradicionalmente admitida se trata de aquellos campesinos cuyas tierras no les permiten subsistir de manera independiente, sin tener que trabajar habitualmente para los grandes y medianos propietarios.

Los contribuyentes que tienen más de 2 ha. y menos de 50 ha. habría que incluirlos en la categoría de medianos propietarios, en la que, no obstante, hemos realizado una subdivisión, separando la capa inferior (2-10 ha.) de la capa superior (10-50 ha.). Los medianos propietarios de la capa inferior serían aquellos cuyas tierras les garantizaban la reproducción económica de la unidad familiar con unos niveles mínimamente aceptables para la época. Los de la capa superior superaban, con mayor o menor amplitud, este mínimo nivel. Podían recurrir con frecuencia a la contratación de jornaleros en determinadas épocas o para determinadas labores e, incluso, era habitual que reprodujeran las formas semifeudales de explotación del campesinado que caracterizaban a los grandes propietarios, de tal forma que tenían bastantes elementos de conexión con ellos.

Por último, a los contribuyentes que poseen más de 50 ha. los hemos considerados como grandes propietarios. Consideramos que, a escala municipal, la posesión de una superficie de tierra superior a las 50 ha. suponía, en muchos lugares, un grado muy elevado de control por parte de estos propietarios de los principales recursos productivos de la comunidad. Este control les proporcionaba un significativo dominio económico, social y político sobre un campesinado pobre que quedaba, de este modo, sujeto a una verdadera dependencia semiservil con respecto a ellos.

No serían, por lo tanto, la riqueza ni la productividad de sus fincas, los principales elementos a la hora de definir la esencia de la condición del gran propietario. La riqueza era, obviamente, un elemento importante –los grandes propietarios eran ricos– y las tierras más productivas de una localidad determinada se hallaban, casi siempre, en sus manos. Pero lo que definía, en esencia, a los verdaderos terratenientes era la monopolización de los principales recursos productivos –la tierra y el agua–, que les permitía subyugar, en todos los sentidos, a la mayoría de los habitantes de la comunidad rural en la que ejercían su señorío.

Por lo tanto, para la delimitación de los niveles inferiores de la gran propiedad ­—que en ningún caso pueden ser, por lo tanto, de 5 ha., por muchos ingresos que esta superficie en regadío pudiera proporcionar— es fundcampo andaluzamental tener en cuenta el marco geográfico en el que se ubica la propiedad. Una misma cantidad absoluta de tierra en manos de una familia terrateniente proporcionará más poder social y político, de modo genérico, cuanto más reducido sea el espacio geográfico en el que se inserta, cuanto menos terreno quede disponible para repartir entre los demás propietarios. En este sentido, es importante tener en cuenta la variedad geográfica de España y las distintas magnitudes territoriales de sus provincias. No representarán lo mismo 100 ha., por ejemplo, en la provincia de Córdoba, (donde la superficie media por municipio alcanza los 182,9 km² y donde los municipios de mayor extensión superan los 500 km²) , o en la de Albacete (donde la superficie media llega a 172,7 km²), que en la Isla de Tenerife (62,2 km²), en la provincia de Gerona (25,04 km² ) o en la de Vizcaya (22,8 km²).

 [Esta explicación está extraída del capítulo 3 de mi tesis doctoral, a la que puede accederse en este blog]

La pervivencia de la aristocracia feudal en la España Contemporánea: el caso de los Ponte (Tenerife) [XVII Coloquios de Historia Canario-Americana, Las Palmas de Gran Canaria, 2006]


Introducción:

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En este pequeño texto intentaremos contribuir a la reapertura del debate histórico sobre la revolución burguesa en España. Para ello realizaremos primero una síntesis sobre la evolución de las principales ideas que intentaron reflejar el proceso objetivo desarrollado en España durante el siglo XIX. A continuación nos valdremos del ejemplo de la familia aristocrática tinerfeña de los Ponte para someter a verificación empírica las diferentes concepciones, intentando comprender algo mejor los aciertos y limitaciones de las mismas y la necesidad de articular una nueva interpretación.

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Transición del Antiguo Régimen a la Edad Contemporánea: Reflexiones desde el Sureste [Sureste, nº 4, diciembre 2002]


Introducción:

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Una de las cuestiones más importantes que hoy por hoy tiene sin resolver la historiografía canaria es la de explicar la forma en la que se operó en este Archipiélago la transición entre el Antiguo Régimen y la sociedad contemporánea. Este tema dio lugar en España –sobre todo en las décadas de los 70 y 80- a un debate historiográfico como fue el de la revolución burguesa, en el que participó toda la plana mayor de la historiografía española de la época (Tuñón de Lara, Pierre Vilar, Josep Fontana, Enric Sebastiá, etc.). En Canarias, sin embargo, el debate tuvo escaso eco y nunca llegó a articularse seriamente. De hecho, en estas Islas no contamos sobre esta cuestión más que con unos pocos párrafos más
o menos afortunados en algún que otro trabajo, la mayoría de ellos de hace ya varias décadas. Además, las grandes carencias que existían en Canarias en materia de investigación científica, convertían a la mayoría de esos escasos posicionamientos en simples opiniones o hipótesis condenadas a nunca dar el salto hacia la verdadera teoría histórica al no ser verificados con una investigación rigurosa. Esto quizás haya contribuido a generar entre algunos historiadores o estudiantes de nuestra disciplina la idea de que los grandes debates como el que ahora nos ocupa no son sino simples malabarismos verbales, verborrea estéril que no conduce en realidad a nada concreto y que sólo sirve para que algunos historiadores sin los pies en la tierra luzcan sus científicas conceptualizaciones.

De este modo, tenemos actualmente un panorama historiográfico dual. Por un lado están una serie de historiadores y aficionados a la historia que se han despreocupado totalmente de las cuestiones teóricas de nuestra ciencia y que investigan sin un rumbo ni perspectiva historiográfica clara y, aunque hacen aportaciones indudables, parece que su
trabajo –en ocasiones intenso- nunca acaba por aclarar nada relevante. Por otro lado tenemos otro grupo –en los últimos años en clara regresión- que, en lugar de investigar, teoriza sobre otras teorizaciones anteriores y tampoco acaba por aclarar nada relevante. En conclusión, y ciñéndonos a nuestro tema, carecemos por completo en los momentos actuales de una síntesis clara y verdadera –verificada en la investigación histórica- de cómo, por qué camino, se llevó a cabo en Canarias la transición entre el Antiguo Régimen y la sociedad contemporánea. Esto da lugar a que -cuando es necesario tratar el tema-, suela recurrirse a las generalizaciones existentes a escala nacional que, no sólo es que no se ajusten a la realidad canaria, sino que nos tememos que, en muchas ocasiones, no se ajustan a ninguna realidad. Son los dogmas que hay que rebatir y que tanto daño están haciendo a los jóvenes historiadores de este país.
Para contribuir a superar esta situación en la que nos encontramos, estamos apostando actualmente por las posibilidades que nos ofrece la investigación desarrollada a partir de la escala local, municipio por municipio. No se trata exactamente de lo que se suele conocer como historia local –más centrada en el particularismo-, sino de hacer
historia general partiendo de la dimensión local. O sea, se trata de coger las grandes preguntas sin resolver de nuestra historia e ir construyendo las respuestas a partir del estudio de los procesos a nivel local, sin perder nunca de vista una amplia perspectiva histórica que nos sitúe los procesos locales en los marcos más amplios en los que evidentemente se integran y sin los que carecen de sentido.
Creemos que de esta forma es posible ir definiendo una serie de modelos locales que nos sirvan para ir comprendiendo progresivamente el proceso general que tiene lugar en el Archipiélago e incluso en el conjunto del Estado durante los siglos XIX y XX. Pretendemos de esta manera poner de nuevo sobre la mesa el viejo debate sobre la revolución burguesa en España para sacarlo del estancamiento en el que se halla en este momento. Queremos ir cuestionando así los caducos dogmas imperantes, apoyándonos para ello en una realidad histórica –la de nuestros pueblos y pequeñas ciudades- que al parecer ha sido percibida de modo distorsionado desde los centros académicos nacionales y regionales.

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Semifeudalidad y caciquismo en Tenerife: presentando una investigación [XVI Coloquio de Historia Canario-Americana, Las Palmas de Gran Canaria, 2004]


Introducción:

En octubre de 2000 se celebró en Valencia el Congreso “Las Claves de la España del siglo XX”, organizado por la Sociedad Estatal Nuevo Milenio. Este congreso, para el que se contó con grandes recursos económicos, reunió a un gran número de historiadores españoles y extranjeros, especialistas, sobre todo, en el siglo XX. El objetivo de los organizadores estaba claro: se trataba de sintetizar y dejar sentadas las bases de una nueva historiografía española contemporánea que desde la pasada década se está intentando articular y convertir en hegemónica en nuestro país.
Una de las ponencias que allí se presentaron fue la de Mercedes Cabrera y Fernando del Rey, de la Universidad Complutense de Madrid, titulada “Los empresarios, los historiadores y la España del siglo XX”. Los autores de la ponencia se lamentan de que “en la historia reciente de España los empresarios han sido un actor social y político
que no ha tenido muy buena prensa por causas complejas de naturaleza política, pero también económica y cultural. El doble legado de la guerra civil y la dictadura franquista proyectó hacia atrás y hacia delante una visión polarizada de la realidad que interpretó el franquismo como un régimen de restauración del poder de una «oligarquía terrateniente y financiera» consolidada durante la Monarquía de la Restauración, y que habría visto en peligro ese poder durante la Segunda República”. Para ellos, Tuñón de Lara es uno de los principales responsables del peso tan grande que en nuestra historiografía ha tenido tradicionalmente esa oligarquía terratenientefinanciera, peso que no se corresponde con el verdadero papel de dicha clase en la realidad histórica española. Esa deformación historiográfica era hija de su contexto: la Guerra Civil, la lucha contra la dictadura franquista, etc. Era una visión estereotipada que se basaba en imágenes simplistas, que no estaban demostradas, y que, afortunadamente, se estaban dejando ya de lado, al calor de la nueva situación creada en España con el asentamiento de la democracia y tras la integración en la Unión Europea.

Hoy en día, toda una nueva serie de investigaciones, llevadas a cabo principalmente por historiadores económicos y de la empresa, vienen a corregir este lamentable error, poniendo en cuestión la capacidad de influencia del poder económico en el poder político, que ha sido –según ellos- mayoritariamente sobrevalorada. Para esta “nueva”
historiografía, la realidad es que en el siglo XX ha habido un gran protagonismo, una primacía de la política en estado puro y, en contra de lo que dogmáticamente se había afirmado antes, no han dominado los empresarios, sino un sector burocrático, los militares y la Iglesia.
Este es, en síntesis, uno de los pilares más importantes de la “nueva” historiografía conservadora que se intenta levantar en España, formando parte de la ofensiva reaccionaria que, en todas las esferas, se está desarrollando a nivel mundial desde hace más de una década. La Tesis Doctoral que estamos llevando a cabo3 pretende contribuir a la derrota
de dicha ofensiva conservadora, demostrando científicamente la falsedad de algunos de sus postulados historiográficos. No se trata de conducir de nuevo a nuestra disciplina a la situación de los años 70 y 80. Por el contrario, intentaremos superar las contradicciones que atenazaban a los historiadores en esa época, contribuyendo a hacer posible un salto cualitativo en cuanto a la comprensión que hoy en día tenemos sobre las claves de la España Contemporánea. Este es nuestro ambicioso objetivo y dentro de poco tiempo la comunidad científica tendrá la oportunidad de comprobar el éxito o el fracaso de la tarea que hemos abordado.

Tuñón de Lara

[Manuel Tuñón de Lara]

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La revolución democrática y la línea política del PCE en los años treinta: cuatro décadas después… que siga el debate [Historia Actual Online, nº 23, Otoño 2010]


Resumen

guerrilla en Malaga

En este artículo se pretende contribuir a la reapertura del debate que tuvo lugar entre los años sesenta y ochenta sobre el carácter de la España contemporánea. Partiendo de los análisis realizados en aquellos años por José Manuel Naredo, uno de los principales defensores de la tesis de la España capitalista, se resume el complicado camino por el que los comunistas españoles llegaron a plantear la necesidad de desarrollar una política de revolución democrática. Por último se presenta una síntesis de las investigaciones realizadas por los autores en la última década para analizar con un nuevo enfoque la corrección o incorrección de tal política democrática.

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El Capitalismo Burocrático: una tesis clave para la historia contemporánea de Canarias [La torre: Homenaje a Emilio Alfaro Hardisson, 2005]


Introducción

En este pequeño trabajo pretendemos dar a conocer la gran potencialidad explicativa que la novedosa tesis del Capitalismo Burocrático tiene para la compresión del proceso histórico contemporáneo de las Islas. Esta nueva interpretación, introducida en el ámbito académico español en 1997, es, aún, escasamente conocida por los historiadores
y geógrafos canarios. Sin embargo, varios trabajos de investigación en ambas disciplinas vienen desarrollándose en el último lustro a partir de este enfoque teórico, poniéndose de manifiesto la corrección de sus principales postulados. La tesis marxista del Capitalismo Burocrático, a la luz de lo investigado en estos años, permite comprender la coexistencia e interrelación de aspectos contradictorios de la realidad económica y social de Canarias, y de España en su conjunto; coexistencia que hasta ahora no había podido ser explicada convincentemente por las líneas interpretativas
existentes. La culminación en los próximos años de estos primeros trabajos de investigación puede transformar profundamente la visión que hoy tenemos sobre los dos últimos siglos de nuestra historia.

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